En Salamanca el presidente de la República Italiana pronunció un importante discurso, luego tomó café en la Plaza Mayor con el rey Felipe VI

MADRID. El jueves 19 de marzo, la Universidad de Salamanca otorgó al presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, la distinción académica de Doctor Honoris Causa. La ceremonia de investidura tuvo lugar en la Sala Paraninfo de las Escuelas Menores, sede histórica de la institución, en presencia de Su Majestad el Rey de España, Felipe VI. Con motivo del acto, el Jefe de Estado pronunció la lectio magistralis. Previamente, ambos recorrieron parte del centro histórico monumental de Salamanca y se detuvieron en la Plaza Mayor, donde se sentaron en la terraza de un restaurante y compartieron un café en una mesa.
En su discurso en la Universidad de Salamanca, el presidente de la República Italiana pronunció palabras contundentes contra la guerra, en el preocupante contexto del actual conflicto en Oriente Medio, tras los bombardeos de EE.UU. e Israel en Irán. «Europa debe decir no a una guerra sin salida«, afirmó Mattarella, quien añadió: «soberanismo absoluto intolerante con las normas».
El Presidente también se reunió y saludó a los estudiantes italianos que se encuentran actualmente en Salamanca.
Salamanca, il Presidente Mattarella incontra Re Felipe VI e saluta gli studenti italiani all’Università pic.twitter.com/PCLHEeLyNa
— Quirinale (@Quirinale) March 19, 2026
El discurso del presidente de la República Sergio Mattarella en Salamanca: texto íntegro
A continuación reproducimos el discurso del presidente de la República Sergio Mattarella en la ceremonia de investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Salamanca. Más abajo, al final del artículo, se encuentra también el VIDEO completo.
Majestad,
Magnífico Rector,
Señor Director de la Facultad de Filología,
Señoras y Señores Decanos y Profesores,
Queridas estudiantes y queridos estudiantes,
deseo ante todo expresar al Magnífico Rector, al Senado Académico y a la Facultad de Filología mi más profundo agradecimiento por el alto honor de recibir un Doctorado honoris causa de una institución tan prestigiosa, con una tradición académica que le ha permitido a lo largo de los siglos acompañar a España y a Europa, dando lugar a ilustres estudiosos.
Agradezco al Profesor Vicente González Martín su tan generosa laudatio.
En un diálogo ideal con sus homólogos italianos, puede hallarse una contribución relevante a la formación de la cultura europea tal como la conocemos hoy.
En ella, en efecto, las relaciones entre España e Italia representan uno de los ejes fundamentales.

A lo largo de un arco temporal que se extiende desde la antigüedad romana hasta la época contemporánea, nuestros países han compartido estructuras institucionales, modelos culturales y dinámicas políticas que han influido profundamente en su respectiva evolución histórica.
Una relación profunda que ha incidido, más allá de la relación entre los Estados, en las sociedades de nuestros pueblos, en las que las dimensiones políticas, culturales, religiosas e intelectuales se han entrelazado y mutuamente influenciado de manera constante.
Sabemos que el primer fundamento de las relaciones entre España e Italia se encuentra en el Imperio romano.
La romanización de Hispania y de la península italiana produjo una base cultural compartida, fundada en el derecho romano, la lengua latina y un complejo modelo administrativo.
En el plano cultural vivimos una auténtica fusión: pensemos en Lucio Anneo Séneca —cordobés— cuya reflexión ética influyó profundamente en el pensamiento moral de Europa. Del mismo modo, en el ámbito italiano, figuras como Cicerón, Virgilio y Tito Livio elaboraron modelos literarios e historiográficos que se convirtieron en patrimonio común, generando una concepción universalista del poder destinada a influir en todo el continente.

La caída del Imperio romano de Occidente no interrumpió del todo su continuidad. El derecho romano continuó ejerciendo su función ordenadora, contribuyendo a una tradición jurídica común destinada a resurgir en los siglos posteriores.
La intensidad de nuestras relaciones culturales no se vio debilitada ni siquiera por la fragmentación política que caracterizó a España e Italia durante la Edad Media.
Si el Papado constituyó un polo de referencia común, un papel central lo desempeñó la transmisión del saber, especialmente a través del nacimiento de las primeras universidades.
En 1200, con pocos años de diferencia, se fundaron el Studium de Salamanca y la Federico II de Nápoles que, poco más de un año atrás, otorgó por primera vez un doctorado a un Jefe de Estado, Su Majestad Felipe VI.
Guardaré entre los recuerdos más intensos de mi mandato presidencial aquella ceremonia, tan cargada de significado, enriquecida por la altísima lectio de Su Majestad, a quien agradezco su presencia hoy.
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Majestad, en aquella ocasión Usted dijo «sin España no se puede comprender Nápoles, y sin Italia, y concretamente Nápoles, no es posible comprender España».
Estoy seguro de que Vuestra Majestad comparte que yo añada hoy: sin España e Italia no se puede comprender Europa.
Las Universidades de Nápoles, Salamanca, Bolonia, Valladolid no fueron realidades aisladas sino nodos de un sistema supranacional de circulación de docentes y estudiantes, en la lengua común latina, contribuyendo a la difusión de valores compartidos: la idea de una racionalidad ordenadora, la primacía del derecho, la centralidad de la reflexión teológica y filosófica, el reconocimiento de un saber estructurado según métodos rigurosos como la lectio y la disputatio.
Es en estos centros donde se forma una élite intelectual europea, consciente de pertenecer a una misma res publica christiana.
El Claustro de Doctores de esta Universidad ha decidido celebrar la figura de uno de los fundadores —hace quinientos años— de la «Escuela de Salamanca», Francisco de Vitoria, protagonista de reflexiones y definiciones que —aún hoy— constituyen principios fundadores de la comunidad internacional, a partir de su «totus mundus est quasi una res publica», con el paso de la concepción de comunidad ligada a la cristiandad medieval a la de comunidad universal del género humano.

También en este caso encontramos una conexión con el mundo romano, con las obras de Gayo.
De Vitoria recupera la definición de ius gentium del jurista romano «derecho practicado por todos los hombres, inter omnes homines, porque establecido por la razón natural», para sostener —en sus Relectiones— que se trata de un derecho que «la razón natural ha establecido entre todos los pueblos», definiendo una relación directa entre comunidad política y derecho internacional.
El paso de la Edad Media a la modernidad marca una profunda transformación en la manera de concebir al hombre y el poder.
Dos autores resultan significativos en esta transición: Nicolás Maquiavelo y Miguel de Cervantes, frecuentemente considerados distantes por género y estilo, pero sorprendentemente cercanos en el plano antropológico.
Maquiavelo, que reconoce al hombre como sujeto histórico responsable, capaz de actuar dentro de las leyes de la realidad, desarrollando un análisis del poder que no justifica la tiranía, sino que desmascara las ilusiones que permiten al poder arbitrario perpetuarse.
Cervantes, que con Don Quijote reivindica la libertad interior y la dignidad del ideal, anticipando una concepción europea de la dignidad humana como valor intrínseco, independiente del éxito o del reconocimiento social.
Ambos autores, con herramientas distintas, contribuyen al nacimiento de una conciencia moderna del hombre, fundada en la responsabilidad individual y en la conciencia del conflicto entre ideal y realidad.
Adentrándonos en la Ilustración encontramos a Cesare Beccaria y a Gaspar Melchor de Jovellanos. Ambos, perseguidos por sus ideas, dan testimonio de la dificultad de afirmar la razón en contextos autoritarios.
Beccaria afirma que la ley debe ser expresión de la razón y de la justicia, y contribuye al nacimiento del derecho penal moderno en el ámbito europeo.
Jovellanos desarrolla los mismos principios en clave civil y reformista, concibiendo al Estado como garante de los derechos.
Sin embargo, esta progresiva construcción de una cultura europea fundada en los valores universales de igualdad, dignidad, libertad y primacía del derecho no logra evitar las grandes crisis del siglo XX, que ambos países vivieron, aunque con modalidades y desarrollos diferentes.

También en la crisis de valores que atraviesa el continente en un siglo que conoció los horrores del nazismo y del fascismo y los del comunismo, la cultura permanece como dique de contención, como atestigua el valiente discurso pronunciado por Miguel de Unamuno precisamente en esta universidad el 12 de octubre de 1936: «Venceréis, pero no convenceréis»: palabras que se convierten en símbolo contra las fuerzas autoritarias y en defensa de la razón, de la conciencia libre.
No menos poderosas, tras la segunda guerra mundial, las palabras de Primo Levi y de María Zambrano, que representan dos respuestas distintas, aunque convergentes, a las barbaries del siglo.
Levi, superviviente de Auschwitz, hace de la escritura un acto de testimonio y de defensa de los derechos humanos.
Zambrano, filósofa del exilio, elabora una concepción de Europa como patria espiritual, fundada en la persona y en la compasión.
En el diálogo a distancia entre estos dos pensadores emerge un europeísmo que precede un sentido estrictamente político y se define en el terreno ético y cultural.
Europa, en definitiva, encuentra su fundamento en la dignidad humana, en la solidaridad, en los valores cívicos.
Majestad, Magnífico Rector,
se trata de pilares sólidos, con raíces profundas, cimentados por siglos de pensamiento ilustrado y por una ética compartida.
Como escribió María Zambrano: «Nuestra alma está atravesada por sedimentos de siglos, las raíces son más grandes que las ramas que ven la luz.»
En estos cimientos tenemos confianza: no cederán ante los ataques de quienes querrían desmantelar la construcción europea.
Debemos recuperar la ambición de los líderes que, en 1951, en el preámbulo del Tratado de la Comunidad del Carbón y del Acero, consignaron estas palabras: «Convencidos de que la contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de relaciones pacíficas».
Una Europa, pues, como núcleo indispensable para el mantenimiento de esas relaciones pacíficas que seis años antes la Carta de San Francisco había situado en el centro de la misión identitaria de las Naciones Unidas.
Una Organización que nació para sustraer a los Estados individuales —sin importar cuán poderosos— las decisiones fundamentales sobre paz y seguridad, imaginando así una nueva etapa del derecho internacional fundada en tres pilares: la prohibición del uso de la fuerza; el principio de igualdad soberana de los Estados; la promoción universal de los derechos humanos.

En los que paz y derechos humanos no constituyen ámbitos distintos, sino dimensiones complementarias de un proyecto normativo orientado a superar la lógica del sistema westfaliano.
La paz, en definitiva, no coincide con cualquier equilibrio, sino que se realiza en presencia de condiciones de justicia e inclusión.
Pensemos en el artículo 2 de la Carta, que dispone: «Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.»
Mientras que en el sistema imperialista de las grandes potencias la guerra era considerada un instrumento legítimo de política exterior, la Carta de San Francisco introduce una prohibición general del uso de la fuerza, permitiendo únicamente dos excepciones: la legítima defensa y las medidas autorizadas por el Consejo de Seguridad.
Una norma que define los límites de la legitimidad del poder político en las relaciones internacionales, eliminando la pretensión de que la soberanía de los Estados pueda consistir en el derecho a hacer la guerra.
Lo que ocurre en estos últimos años, en los que asistimos a progresivos actos de erosión de la prohibición de hacer la guerra en las disputas internacionales.
Al igual que el artículo 2, para la paz, el artículo 55 de la Carta de la ONU, para la promoción, dispone el «respeto universal y la observancia de los derechos humanos y de las libertades fundamentales de todos, sin distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión.»
El artículo ocupa una posición central en la arquitectura normativa del orden internacional contemporáneo, marcando un paso histórico: los derechos del individuo ya no son exclusivamente materia interna de los Estados, sino que se convierten en objeto de interés de la comunidad internacional.
También en este aspecto, la distancia entre la formulación universalista de la norma y la realidad política de este período resulta inmensa.
La frecuencia de violaciones sistemáticas de los derechos humanos, favorecida por el intento de marginar a las Naciones Unidas, debilita la eficacia del orden internacional y de sus principios.
Una condición que ha terminado por favorecer la actual contratendencia respecto al espíritu de San Francisco, que ve el resurgimiento de una creciente intolerancia hacia las normas acordadas y los compromisos derivados de ellas, libremente suscritos por los Estados. Esto ocurre en nombre de un presunto soberanismo absoluto, que se manifiesta olvidadizo de adónde puede conducir el Leviatán invocado por Hobbes.
Sucede así que —en contraposición a lo que se afirma necesario para la ordenada vida de las comunidades nacionales— se asiste a la deslegitimación de los Tribunales Internacionales y de sus jueces, negando el valor del derecho internacional, suprimiendo la histórica elección de civilización de disponer de autoridades encargadas de verificar su cumplimiento y sancionar sus violaciones.
Observamos la involución del sistema multilateral de control de armamentos y de las correspondientes medidas de confianza mutua, laboriosamente construidas durante el período de la Guerra Fría y en la fase posterior a la caída del Imperio soviético.
Estamos asistiendo a un debilitamiento progresivo hecho de suspensiones, retiradas y renovaciones incumplidas.

Un fenómeno que comporta no solo una pérdida de instrumentos de transparencia, sino también una transformación del régimen jurídico internacional en materia de seguridad, con consecuencias relevantes en el plano de la previsibilidad estratégica y de la prevención de escaladas.
Tratados paralizados o suprimidos en los últimos años.
No solo resulta relevante el cese de las obligaciones contractuales, sino la pérdida de mecanismos que durante décadas habían favorecido la comprensión mutua y garantizado la estabilidad.
El incumplimiento sistemático, cuando no la abierta violación de la Carta de las Naciones Unidas, el abandono de las organizaciones sectoriales operativas del sistema onusiano, el desmantelamiento del sistema de control de armamentos, la deslegitimación de los Tribunales: son todos fenómenos que apuntan en la misma desalentadora dirección.
De ello deriva un vacío, una arbitraria «tierra de nadie», ámbito para incursiones injustificadas —en una suerte de carrera por renovadas conquistas, expansiones comerciales, creación de presuntas franjas y zonas de seguridad—, con un proceso que recae con especial peso sobre los países y pueblos más pobres y menos afortunados.
Sergio Mattarella y Felipe VI en Salamanca: ceremonia histórica en la universidad más antigua de España
No podemos arriesgarnos a tener que repetir las palabras con las que, en 1935, Johan Huizinga abría su «En las sombras del mañana» escribiendo: «Vemos claramente cómo casi todas las cosas que antes nos parecían sólidas y sagradas han comenzado a tambalearse: verdad y humanidad, razón y derecho».
A lo largo de toda la historia moderna hemos vivido ciclos en los que los sistemas globales han sido desmantelados para ser sustituidos por estructuras que reflejaban los nuevos tiempos.
Hoy no parece prevalecer el deseo de dar vida a un proyecto más eficaz; ni, mucho menos, parecen prevalecer los tres pilares antes mencionados: la prohibición del uso de la fuerza; el principio de igualdad soberana de los Estados; la promoción universal de los derechos humanos.
Una vis destruens que no surge de la necesidad de preparar el terreno para una construcción mejor, sino —al parecer— de la voluntad de eliminar aquellos límites al ejercicio de una pretendida soberanía estatal ilimitada que habían sido definidos para impedir la prevalencia de aspiraciones hegemónicas de los grupos dirigentes que controlan los países más fuertes, más ricos, mejor armados.
El orden internacional es, por su naturaleza, dinámico; nuevos protagonistas emergen, nuevos desafíos se presentan.
¿Qué puede hacer Europa ante la recesión del modelo cooperativo multilateral en la gestión de las relaciones entre los Estados?
¿Aceptar que sea suplantado por una visión contractualista fundada en la competencia?
Corresponde a Europa saber decir que no.

Decir que no a la ampliación de los conflictos, a una inestabilidad permanente, con la multiplicación de los focos de crisis.
Como demuestran los dramáticos acontecimientos que, a partir del sangriento ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, sitúan hoy a Irán, el Líbano, toda la región de Oriente Medio y del Golfo en el centro de un arco de crisis cuya salida no se vislumbra, con gravísimas consecuencias para las poblaciones.
Desde la agresión rusa a Ucrania se ha intensificado la convicción de que la agresión puede practicarse con regularidad en las relaciones internacionales.
De ello resultaría la pérdida de atención y de compromiso hacia las verdaderas crisis que afligen a las poblaciones mundiales: la climática, de la que dependen importantes fenómenos migratorios; la alimentaria, la energética, la demográfica, la sanitaria. Las políticas de transferencia de ayuda tienden a empobrecerse, con el incremento de los gastos militares.
También en estos frentes se juegan valores queridos para la experiencia europea, como la dignidad de la persona y su libertad.
Valores que hemos compartido con la otra orilla del Atlántico y que Franklin D. Roosevelt resumió en el discurso de las cuatro libertades de enero de 1941: libertad de palabra y de expresión en todo el mundo; libertad de culto; libertad de la necesidad, en todo el mundo; libertad del miedo «que —dijo— traducida en términos mundiales, significa una reducción mundial de los armamentos hasta un punto tal y de manera tan completa que ninguna nación esté en condiciones de cometer una agresión física contra un vecino en ningún lugar del mundo».
Puede parecer que mantenerse aferrados a un orden y a unas instituciones que están perdiendo autoridad, eficacia y financiación sea una receta segura para la marginalización de nuestro continente.
Sin embargo, tomar nota de los cambios en curso y no limitarse a sufrirlos significa tener el coraje de proponer una visión alternativa a la mera ley del más fuerte.

Es el camino que Europa puede y debe recorrer.
Una visión y unos principios al servicio de los cuales debemos poner instrumentos y modalidades de acción nuevos y flexibles. Adaptados a los tiempos y fundados en un pensamiento desarrollado a lo largo de los siglos, al que España e Italia han contribuido ampliamente.
Majestad, Magnífico Rector, Señores Profesores,
en el palacio de las Naciones Unidas en Nueva York se expone un busto de Francisco de Vitoria.
El próximo año se cumplirán quinientos años del nacimiento de otro gran docente, Luis de León, teólogo, poeta, jurista, traductor al castellano de la Biblia. También aquí encontramos un vínculo con la cultura italiana, con Petrarca, con Pietro Bembo.
De Vitoria y de León no tuvieron reparos en afirmar la libertad de investigación y de expresión, en tiempos ciertamente no fáciles.
A Luis de León se remonta la expresión, a su regreso a la enseñanza tras la experiencia de la Inquisición, «Decíamos ayer», como confirmación de la capacidad de resiliencia.
El espíritu que los animó debe inspirarnos hoy, en esta difícil coyuntura.
Hace poco menos de ochenta años, el Humanismo europeo supo inspirar a los Padres fundadores de la actual Europa.
Basta remitirse a las finalidades asignadas a la Unión por el artículo 3 del Tratado Único:
«la paz, la seguridad, el desarrollo sostenible de la Tierra, la solidaridad y el respeto mutuo entre los pueblos, el comercio libre y justo, la eliminación de la pobreza y la protección de los derechos humanos, la rigurosa observancia y el desarrollo del derecho internacional, en particular el respeto de los principios de la Carta de las Naciones Unidas.»
Es una misión que nos corresponde y que concierne a nuestras sociedades, a nuestros ordenamientos.
Distraernos hoy de su aplicación significaría traicionar nuestra cultura, a nuestros pueblos, abdicar del papel de la Europa unida.
Si perdiéramos de vista nuestros objetivos estaríamos derrotados, como ya advertía Séneca: «Ignoranti quem portum petat nullus suus ventus est». Para quien ignora en qué puerto quiere atracar, no hay vientos favorables.
Nosotros sabemos dónde atracar: nos lo indican los Tratados de la Unión Europea.
Queridas estudiantes, queridos estudiantes,
sé que, en este momento, en esta prestigiosa universidad, estudian más de 450 jóvenes italianos, parte de un amplio movimiento de jóvenes europeos que eligen libremente dónde estudiar.
Cada año, gracias al programa Erasmus, entre España e Italia estudian juntos más de 15.000 jóvenes.
El horizonte no puede ser el de un mundo con barreras de todo tipo que os impidan elegir, encontraros, conocer, ser libres.
Hoy, para vosotros, esta libertad es una condición que consideráis —comprensiblemente— normal, adquirida, al igual que la de vivir en paz.
Sin embargo, el surgimiento de manifiestas cuestiones de seguridad, los sobresaltos de cerrazones identitarias, la ponen en riesgo.
La libertad ha sido una conquista posible y consolidada gracias al coraje y a la visión de los padres de Europa.
Preservar y transmitir los espacios de libertad es tarea de cada generación.
Hoy es, pues, una tarea que se os transmite.
En el conocimiento encontraréis herramientas para ejercer el indispensable espíritu crítico: os dará la fuerza de ser ese viento que no conoce fronteras, como es propio del conocimiento.
El viento que el mundo necesita.
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El vídeo del discurso de Mattarella en España, en la Universidad de Salamanca
«L’Europa deve dire no all’ampliamento del conflitto. Stop all’uso della forza». Un monito che arriva dal Presidente della Repubblica Mattarella, oggi a Salamanca dove ha ricevuto una laurea honoris causa alla presenza di Re Felipe pic.twitter.com/KUt9WUCvym
— Tg3 (@Tg3web) March 19, 2026
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